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Cruzando la Cordillera de Los Andes en Bicicleta - Sanmartiniana hazaña!

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Cruzando la Cordillera de Los Andes en Bicicleta - Sanmartiniana hazaña!

Ansias de pedalear, enfrentar mi primer montaña en mi Skinred Mohave, bautizada por mi como "La Pachamama", y el desafió casi incoherente de emular a San Martín y a O´Higgins por la Ruta 7 y continuando por la Ruta 60 a mediados de noviembre.
Esta por descontado que mi misión era mucho menos noble, que la de liberar el territorio trasandino y mas egoísta, ya que principalmente se trata de satisfacer mi necesidad de despojarme de ciertos prejuicios, del inconsciente colectivo porteño, hacia un pueblo hermano, y que mejor forma de sortear ese muro infranqueable, que haciéndolo a 15 km/h y en solitario. No encuentro mejor manera de llegar a la gente que en una bicicleta, innecesariamente cargada y una sonrisa al saludar.
Mi travesía comienza en la ciudad de Mendoza, un sábado por la tarde, llego en avión desde Buenos Aires y me encuentro con mi anfitrión de la provincia cuyana, quien conocí por la red social Warmshowers.
Pablo con su experiencia en montaña desestima mi espontaneo intento de hacer el primer tramo por Villavicencio, por que durante la ultima semana el clima hizo estragos en el camino de ripio y me recomienda hacer el camino original. Dejar de lado la improvisación, para eso ya habrá tiempo.
Mi "caballo blanco" lleva arriba de su lomo trasero: una alforja monovolumen de 70 lts, carpa, herramientas mínimas y repuestos mas mínimos aun: Una cámara y una cubierta. Las mudas de ropa fueron las solamente indispensable para el viaje. El menú no iba a ser muy variado, fideos con atún o arroz con atún. También podemos sumarle algunas frutas y fruta seca para salir del paso, entre mate y mate (por supuesto que lleve termo, mate, bombilla y yerba).y un vino tinto que no superaría los primero 100 km de viaje. Es sabido que para hacer viajes en bicicleta hay que ser minimalista, pero tampoco hay que sufrir. Si un mate amargo bien cebado o un vino servido en el momento justo te abre el corazón de alguna persona del camino todo esta cumplido, deja de ser equipaje demás y pasa a ser una herramienta fundamental como un inflador.
En la parte delantera de la bici llevaba, bolsa de dormir, aislante y una alforja chica para cosas personales y de rápido uso (dni, plata etc).
Día 1: Pablo decidió acompañarme hasta que los lastimados piñones de su bici le permitiera subir, realizando el camino por Chacras de Coria desembocamos en la ruta 7 y evitando los caóticos accesos a la ciudad de Mendoza. Ahí fue nuestra despedida.
Llegaba el mediodía y la aventura recién comenzaba. Mis 3 litros de agua fueron escasos para los 35° de calor y la interminable subida hasta Potrerillos. Es el primer encontronazo con una verdadera montaña, las pulsaciones aumentan de manera exponencial y las piernas, que tan eficientes son en el llano, en esa subida empiezan a flaquear. Todo se vuelve un ejercicio mental. No son pocas las veces que tengo que detenerme bajo el inclemente sol (la vegetación hace varios kilómetros se volvió seca y sin sombra).
Pasa el mediodía y sucede el primer acontecimiento profetizado por anteriores viajeros, el viento del oeste se levanta, pero no alcanza a bajar el calor, aunque si logra que mi velocidad de reduzca.
En el momento en que el agua fresca escasea tengo los primeros acercamientos con la gente del lugar, y es para pedirle agua e indicaciones. La famosa bajada de Potrerillos estaba cerca. Un premio a la excesiva e inútil subida anterior, es un descenso a 35 0 40 km/h lleno de alegría y a "pata suelta".
El primer día finalizaba, con aproximadamente 80 km recorridos y la bondad del encargado de una base de rafting, que me permitió poner mi carpa, bañarme y cenar con los empleados del lugar (ahí quedo el Malbec).
Día 2: No había terminado de amanecer que ya estaba en camino.
A partir de ahora y hasta el Cristo Redentor la ruta es mucho mas complaciente con el ciclista. Para explicarlo gráficamente, el camino hace 2 curvas seguidas en subida y luego una contra-curva en bajada, para volver a empezar con la subida. Uno siente que avanza mas, los camiones dejan de ser algo molesto, a transformarse en parte del paisaje. Este mismo es un sin fin de curvas entre montañas desérticas y con piedra suelta, el rió Mendoza y los mini túneles (que hay que cruzar con extremo cuidado). El viento arrecia cuando se encajona en alguna curva muy cerrada entre montañas, pero es solo un pequeño obstáculo, Uspallata aparece enseguida y detrás de ella se ve la Cordillera con sus picos nevados, a pesar de ser noviembre.
Es evidente que las piernas se empiezan a adaptar a la altura y a las subidas, lo que eleva el espíritu y da fortaleza para continuar. Bien sabia que luego de Uspallata había varios parajes en donde iba a poder dormir y que esta vez mi reservorio de agua estaba bien provisto.
Finalmente llegue a Punta de Vacas, tras aproximadamente 100 km. y tras la autorización de Gendarmeria coloque mi ambiente móvil en las cercanías de su cuartel. Me acosté pensando que mañana al mediodía estaría en otro país.
Día 3: Me informe sobre el paso del cristo redentor, nadie me lo recomendó en bicicleta, ya que no lo habían limpiado del lado Argentino. Del otro lado, nadie sabia con exactitud.
Con esa incertidumbre, decidí salir bien temprano y sortear Penitentes y Puente del Inca, que en el pasado ya había conocido, mi mente estaba puesta en los 8 km en subida del Cristo en un ripio dudoso. Los 30 km que me separaban, a pesar de que ya me encontraba rondando los 3000 msnm los supere sin inconvenientes y ya con algo de frió de montaña.
Sin dudar un segundo y con mucho día por delante tome el camino por debajo del arco, el pueblo Las cuevas y el dicho camino estaban absolutamente desiertos, excepto por algún camión que venia de Chile, lo cual fue una suerte, por que llegando a Las Cuevas hay un túnel bastante largo que tuve que atravesar con el corazón en la boca.
El cristo es impracticable en bicicleta, no alcanza en poner el plato chico con el piñón grande, porque ademas de la subida y el viento en contra, hay barro de agua de deshielo, la altura se vuelve un factor determinante y todo sobre esfuerzo se paga con falta de oxigeno. De las alforjas tuve que sacar toda la paciencia que llevaba para hacer tramos cortos para luego frenar a descansar e hidratarme.
Después de las primeras subidas, fue inútil querer pedalear. Hubo un cambio de roles y me convertí en la mula y "La Pachamama" se convirtió en el San Martín enfermo. 4 horas en subida abrupta y desmoralizadora. Sin saber si mas arriba el premio de la bajada seria lo suficiente para tal martirio.
Hoy con el diario del lunes, puedo decir que vale la pena haber podido cruzar ese paso, que ademas de viento, barro y altura incluyo en sus últimos 20 metros bloques de hielo, que me dieron una postal inolvidable y varios golpes.
Quien haya hecho un viaje por montaña sabe que las bajadas son los premios al esfuerzo de la subida, y esta no fue la excepción. En menos de 20 minutos estaba de nuevo en la ruta, camino a la aduana chilena y con la convicción que a partir de ahora era todo en bajada (ignorancia pura la mía).
El tramite en las aduanas conlleva una burocracia exagerada y demoro aproximadamente 2 horas. En las planillas no aparece la opción "Bicicleta", a pesar que en el camino ya me había cruzado en el carril contrario a 5 o 6 personas que iban para Mendoza en sus respectivas bicicletas.
Seguí camino hasta mi próxima posta, Laguna del Inca, situada en medio de la cordillera para tomarme unos mates para matar el frió y resolver donde iba a dormir. La cuestión se resolvió rápidamente, solicite ayuda a la gente del hotel que se sitúa dicha laguna y me habilitaron una bodega para armar mi carpa, y probando la hospitalidad del pueblo chileno, en la primera de muchas veces en los siguientes días, me invitaron a comer y cobijarme del frió con la calidez de sus estufas y de su amabilidad. Todavía les debo agradecimiento a esas personas que desinteresadamente me ayudaron. El tercer día finalizaba de la mejor manera después de menos 50 km pedaleados. La siguiente jornada seria de sumo placer, la bajada de los caracoles hasta la ciudad de Los Andes, 60 kms de velocidad y recompensa. En mi mente, estaba la fantasía que los otros 90 km restantes hasta santiago eran también en bajada o al menos, en un llano discreto.
Día 4: La gente del hotel me despidió bien temprano con agua caliente para el mate, fruta y unos panes para desayunar.
La sonrisa no se desdibuja en ningún momento de las 29 curvas en bajada de la ruta de los Caracoles, el pedaleo se vuelve innecesario pero el freno se vuelve una cuestión de estado.
A medida que una desciende, la vegetación crece, el calor aumenta, el viento amaina y los ríos te acompañan. Como entrar en conciencia de lo hecho en medio de tanto éxtasis ciclístico y paisajes increíbles.
Termina la bajada con la ciudad de Los Andes y es necesario agarrar la autopista Los Libertadores (nombre que brinda motivación para quien viene en una suerte de sanmartiniana misión). Solo restan 90 km para llegar a Santiago.
La alucinación de que el camino es llano o en bajada, es solo eso, una alucinación, un deseo propio de mi imaginación que 40 km en un camino de subida no muy pronunciada pero mantenida se encargo de minar mi tramo final a la capital chilena. El calor volvió a ser determinante igual que los carteles de subida una constante. Todo conspiraba para evitar que lograra mi objetivo de llegar esa misma tarde.
Todo lo que sube tiene que bajar dice la ley, y así fue. En la entrada de un túnel, que la gente de vialidad chilena se ocupa de cruzarte en camioneta, porque esta prohibido hacerlo pedaleando, empieza la tan ansiada bajada y el llano. Solo 50 km quedaban.
Faltando 15 km y ya en la entrada de las interminables e intricadas autopistas santiagueñas pinche la cámara y eso me entretuvo un rato largo. El sol quería empezar a ocultarse, las subidas y ese pinchadura me habían retrasado. Cuando volví al camino estaba oscureciendo, pero estaba demasiado cerca, así que seguí, sin pensarlo y saber bien como entrar a la zona donde iba. Casi tragicamente equivoque el camino varias veces y me subí a autopistas sin banquina. Estaba absolutamente perdido. Que grave error el mio, nunca planee como entrar a Santiago.
Bajando y subiendo de la autopista y preguntando a la gente del lugar, logre llegar adonde me estaban esperando a las 11 de la noche, después de 160 kms pedaleando desde las 7:30 am, muerto de cansancio y hambre, pero con la frente nunca antes tan alta de haber cumplido un objetivo que se presentaba utópico e imposible.
La frase que me vino a la mente al tocar el timbre de la casa en Santiago fue: "Lo imposible solo tarda un poco mas"

Perdón por extenderme tanto. Adjunto unas fotos, espero que les haya parecido al menos interesante!
Para mi fue una de las experiencias que mas me llenaron en la vida. Fue un desafió constante que me dibujo entero como me presento ante la adversidades. Principalmente hizo que la cordillera se conviertan en simples sierras acercándome a la gente de Chile. Los prejuicios que llevaba en la alforja, durante el camino se fueron cayendo, todo se hizo mas liviano después de eso.